jueves, 21 de julio de 2011

Charles Bukowski: El genio que todos queremos ser.



Alcohólico impenitente, cantor afónico de los desarraigados, poeta sin métrica, y, otra vez, alcohólico imperdonable, son calificativos que se quedan cortos al describir la vida y la obra - imposible separarlas - de Henry Charles Bukowski (Andernach 1920- L.A. 1994) o Henri Chinaski, su alter ego y protagonista de cientos de poemas, decenas de relatos, novelas y hasta guiones cinematográficos; que son su homenaje a la sucia VIDA.
El alcohol es la clave de este autor underground, como él se calificaba. El alcohol es el punto de inflexión sobre el que gravita todo su universo: “ahora sí que he encontrado algo, algo que me va a ayudar en los días venideros”, escribe cuando rememora su primer contacto con el vino a los trece años. Los días eran difíciles, debido al crack bursátil de 1929 que asoló la economía de EE UU, donde la familia Bukowski emigró desde Alemania cuando Charles tenía dos años.
Por esa decadencia económica, el padre frustrado - que finge ir al trabajo para que los vecinos no sepan que es un holgazán -, sume a Charles en un abismo oscuro, con palizas casi cotidianas: “No me gustaba nadie de la escuela, pero tampoco me gustaba mi padre ni mi madre. Seguía teniendo la sensación de estar rodeado por un espacio vacío”. Su primer e inesperado éxito literario le llegaría cuando estudiaba 5º grado. Una profesora encomendó a los alumnos escuchar el discurso del Presidente Hoover y componer una redacción con sus opiniones, pero los sábados Charles debía cortar el césped del jardín y sabía que si al terminar el trabajo asomaba una brizna de hierba, recibiría una buena tunda de golpes por parte de su padre. Así que no fue al mitin. Agarró un papel e inventó un buen puñado de mentiras, decoradas con humor y bastantes dosis de ironía. La profesora leyó su ensayo en clase. Se adivinaba que la narración era pura invención, aún así lo felicitó. Bukowski acababa de dar con la clave de su literatura: “Así que eso era lo que querían: mentiras maravillosas. La gente era tonta. La cosa iba a ser fácil”.
La adolescencia no fue más agradable que la niñez. Siempre en oposición al mundo, encuentra un motivo más en su actitud frente a la Segunda Guerra Mundial, ya en tiempos universitarios: “Lo correcto, intelectual y popular, era ir a la guerra contra Alemania para detener el avance del fascismo. No tenía ninguna gana de ir a la guerra para salvar mi modo actual de vida o el posible futuro que me esperaba. Yo no tenía libertad. No tenía nada”.
Luego, vendrían los miserables trabajos recorriendo el país, trabajos que podían durar dos horas, un día, una semana. Aquí encontramos relatos donde podemos leer cómo era contratado junto a otros hombres desesperados, cómo los patronos les vendían latas abolladas de comida y cómo se veían obligados a devolverlas al final del día, a un precio menor, por no tener con qué abrirlas. Son trabajos en el ferrocarril, en burdeles, en la oficina de correos que configuran su personalidad y que van dejando una impronta en los escritos que envía a revistas literarias.
Alcoholizado y desencantado, sólo cree que le queda un camino: el alcohol y ser lo que siente ser, un vagabundo. Sigue escribiendo y alcanzando el tono acre que más adelante le conduciría a la fama.
Bukowski conoce la cara amable de la vida cuando encuentra el amor en una mujer diez años mayor que él, Jane, y que luego daría vida en la gran pantalla la actriz Faye Dunaway, en el film Barfly, con guión del propio Bukowski. Pero la suerte sigue sin estar de su lado, ya que ella pronto moriría de alcoholismo agudo.
Conoce de primera mano toda la organización taylorista del trabajo. Ahora no escribe, simplemente, bebe, apuesta dinero en el hipódromo y trabaja en lo que puede.
Puede que la experiencia traumática, producto de su avanzado alcoholismo, que le supuso el ingreso en un hospital de caridad de L.A. por culpa de una hemorragia, y que casi le conduce a la muerte, le impulsara de nuevo hacia la escritura. Lleva 14 años trabajando como cartero, y antes de “enloquecer”, decide abandonar el trabajo decidido a escribir la que será su primera novela, (Post Office, 1971).
Por fin, el triunfo. Bukowski vive de su propia y miserable vida, añadiendo un matiz de humor, a veces sarcástico, a veces negro, sazonado con una ternura verosímil. Los últimos años de su vida se desarrollan con la tranquilidad que le proporciona la fama y el dinero ganados. En 1993 le diagnostican leucemia. En 1994 fallece a causa de una neumonía.
“Yo no soy uno que piensa”, afirmó. Ahí el motivo por el que acertó tantas veces al hacer el retrato de la vida; sin concesiones extravagantes a la imaginación. Se limitó a observar los hechos y a escuchar el tableteo ametrallador de su vieja Underwood, mirando de reojo lo que sucedió una noche, en un perdido burdel, en la peor zona de la ciudad. Vale la pena conocer la obra del hombre que fue mencionado como "el mayor poeta americano", por Jean-Paul Sartre, ni más ni menos.

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